Hay una frase que casi todo el mundo se ha dicho alguna vez, en voz baja: «el problema soy yo, que no me decido». Como si detrás de cada decisión aplazada hubiera una falla personal —falta de voluntad, exceso de miedo, algún rasgo de carácter que otros sí tienen y uno no.
Vale la pena poner esa frase en duda antes de aceptarla.
Lo que de verdad ocurre cuando no decidimos
Casi nunca decidimos mal —o dejamos de decidir— por falta de información. Solemos tener, de sobra, los datos objetivos: los pros y los contras, hasta escritos en una lista si hace falta. Lo que falta con más frecuencia no es información, sino algo más incómodo: no hemos examinado qué estamos dispuestos a perder.
Toda decisión real implica una pérdida. Elegir un camino es, siempre, renunciar a otro. Cuando la indecisión se prolonga, muchas veces no es porque no sepamos qué queremos, sino porque no queremos todavía enfrentar aquello a lo que tendremos que renunciar para conseguirlo.
La elección como algo situado, no como un cálculo
Una parte de la filosofía del siglo XX —en particular la reflexión fenomenológica sobre la libertad, de autores como Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir— insistió en algo que se pierde con facilidad cuando pensamos la decisión como un simple cálculo de ventajas: elegimos siempre desde una situación concreta, con un cuerpo, una historia, unas relaciones y unas condiciones materiales que no elegimos nosotros. No decidimos en el vacío de una hoja de cálculo. Decidimos siendo alguien, en un lugar, con un pasado que pesa.
Esto no es un obstáculo a superar, sino el terreno real donde ocurre cualquier decisión humana. Cuando alguien se siente «incapaz de decidir», muchas veces lo que está ocurriendo es que intenta decidir como si fuera un sujeto abstracto, sin cuerpo ni historia, y esa versión de la decisión —limpia, racional, sin pérdidas— sencillamente no existe.
Por qué la lista de pros y contras rara vez basta
Las listas de ventajas e inconvenientes tienen un límite estructural: tratan todos los factores como si fueran comparables entre sí, como si perder un sueldo y perder una relación pudieran pesarse con la misma balanza. Pero no lo son. Hay pérdidas que no admiten equivalencia con ninguna ganancia, por grande que sea, y hasta que eso no se nombra con claridad, cualquier lista seguirá pareciendo insuficiente, por completa que esté.
El trabajo filosófico frente a una indecisión no consiste en añadir más filas a la lista. Consiste en preguntar, con calma: ¿qué es lo que de verdad no quiero perder aquí? Y, más difícil todavía: ¿estoy dispuesto a admitir que quizá tenga que perderlo de todos modos?
Una distinción que ayuda: no decidir es también una decisión
Aplazar una decisión no es quedarse quieto mientras el mundo espera. Es, de hecho, decidir seguir como se está —con sus propias consecuencias, que se acumulan igual que las de cualquier otra elección. Nombrar esto con claridad quita parte del peso moral que solemos cargar sobre la indecisión, como si fuera una falta, y la devuelve a su lugar real: una decisión más, con su propio coste, que también merece ser examinada con el mismo rigor que cualquier otra.
Lo que sí ayuda
No hay una fórmula, y cualquier intento de reducir esto a pasos traicionaría el problema mismo. Pero sí hay una pregunta que suele abrir más que cualquier lista: no «¿qué debería hacer?», sino «¿qué versión de mí mismo estoy dispuesto a sostener, sabiendo lo que voy a perder por el camino?»
¿Y si la indecisión no fuera un fallo de carácter, sino la señal de que todavía no te has hecho la pregunta correcta?
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