Hay una frase que casi todo el mundo se ha dicho alguna vez, en voz baja: «el problema soy yo, que no me decido». Como si detrás de cada decisión aplazada hubiera una falla personal —falta de voluntad, exceso de miedo, algún rasgo de carácter que otros sí tienen y uno no. Vale la pena…
Hay un momento, casi siempre a solas, en que una pregunta deja de ser cómoda. No es «¿qué hago el sábado?», sino algo más parecido a: ¿por qué sigo aquí, en este trabajo que no me representa? ¿Por qué no consigo perdonar algo que ya debería haber perdonado? ¿Qué estoy dispuesto a perder por esto…
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